domingo, 6 de mayo de 2012

Para que me recuerdes siempre, con la piel resuelta.

Pintaba hasta el último detalle del que, por aquel entonces, era el cuadro de mi vida, Sara y yo acabábamos de mudarnos a aquel horrible inmueble que su padre había decidido acertado para con nuestra situación económica. Mi sustento era aquella libreta que guardaba desde que era niño. Aún no he conseguido recordar cómo ni porqué llegó a mis manos, tan sólo puedo recordar que desde el primer instante que la tuve entre mis manos, éstas adivinaban el tacto del papel sin haberlo tocado. Tardé años en escribir aquella primera línea que llevaría a muchas más. Esa fue la noche en que conocí a Elisa... Elisa. Hacía mucho tiempo que no pensaba en las cinco letras de su nombre, las habría descifrado tal como hice con cada centímetro de su piel. Nunca podré explicar todo lo que me enseñó. Todas las bajezas a las que llegué por ella, todo lo que fui capaz de dar, sin esperar nada a cambio; aunque ciertamente, cuando no esperas nada a cambio, ya estás esperando algo: nada.
Yo esperé esa nada durante años, ansiaba la nada, la anhelaba, y ella estaba impasible, con su abrigo rojo, sus labios secos, sus ojos fríos. Ella me miraba, y se congelaba el último rincón del desierto. Y ahora, ni el mismísimo oasis podría salvarme de esta casa en ruinas, y de mis cenizas, que ya no saben por dónde esparcirse más. Alma errante, tristeza infinita, infinito esplendor de días grises y noches oscuras.

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